Asia y el amor
Cuatro chinos borrachos conducen a toda pastilla llevando en el maletero del utilitario el cadáver de una atractiva joven que acaban de desenterrar en el cementerio del pueblo. Esto, que a primera vista parece la sinopsis de una película de serie Z, es una noticia real que me ha ayudado a descubrir el fascinante rito oriental del Minghun, o boda fantasma.
Las madres chinas no son tan diferentes a las de aquí. “Golfo, que eres un golfo, a ver si sientas cabeza de una vez y te echas novia formal”, “Pues la hija de Amparo es bien maja. Y muy trabajadora, no como esas frescas con las que andas” o “¡Ay, hijo mío! ¿Cuándo vas a hacerme abuela si vas toda la vida picando de flor en flor? ¡Con la ilusión que a mí me haría ser la madrina en tu boda…!” son frases que lo mismo podrían escuchar ustedes en sus casas, que Jiang, Huizhong o Donghai en sus respectivas viviendas unifamiliares.
Con una diferencia: en China, si mueren solteros, sus madres aún están a tiempo de buscar una difunta hacendosa y de buena familia y, Minghun mediante, ver a sus hijos marcharse de casa y, tal vez en estado de descomposición, pero felizmente casados.
No nos movemos de Asia y de un salto nos trasladamos a la India. Allí los mozos son más serios y buscan novias formales, pero aún así las pasan igualmente canutas. Que se lo digan si no al yerno de los señores Thakur que, haciendo caso omiso a las peticiones de sus suegros para que se olvidara de la niña y se buscara otra más casquivana, terminó viendo cómo los padres de su amada le cortaban los genitales.
Qué dura es la vida de los jóvenes asiáticos. Pero ya lo dijo aquel revolucionario del amor: “Prefiero morir casado a vivir emasculado”.
Escuchando: Anntona – Alfonso de Hohenlohe









