Torturar es divertido
Se termina agosto y con el mes se marchan las noticias intrascendentes que, con la excepción del movidón del avión, han ido regalándonos diligentemente los becarios durante estas semanas. Entre mis favoritas, una que se repite mucho y con ligeras variaciones últimamente es la nueva moda de denunciar las atracciones que, en algunas ferias norteamericanas, permiten al visitante experimentar con un muñeco lo que siente un verdugo o un torturador de Guantánamo al cumplir con su obligación profesional.
Primero fue el monigote encapuchado que, previa inserción de moneda por la ranura, se retorcía y chamuscaba sentado en una silla eléctrica de broma mientras el espectador se limitaba a disfrutar pasivamente del espectáculo de humo y sonido. Después, también quedó en pasiva la postura que el visitante adoptaba en la siguiente atracción, donde sólo tenía que meter un billete y ver cómo un funcionario demócrata torturaba a un islamista radical.
La evolución lógica de este tipo de ocio (si es que aún no se ha hecho) será dar al cliente una parte activa en el juego, que sea él mismo el que clave la aguja con la inyección letal en el brazo del muñeco, o que pueda elegir si aplicarle la picana en la cara o en los genitales.
Se termina agosto y con el mes se marchan las fiestas patronales y con ellas los feriantes españoles, que en agosto hacen su ídem y a partir de septiembre tienen que retirarse a descansar y a pensar en las innovaciones que tienen que llevar a cabo en sus atracciones si no quieren que queden desfasadas para el verano de 2009.

En una escena del documental Sans Soleil, Chris Marker graba una sala de recreativos de Japón en la que, en una de esas máquinas en las que hay que golpear con un mazo a los topos que salen de sus agujeros, sustituyeron los roedores por los diferentes tipos de jefe de la jerarquía de una empresa, para que los oficinistas pudieran descargar adrenalina al terminar su jornada laboral. Marker bromea con el hecho de que, tras desgastarse a base de recibir hostias, una de las cabezas de ejecutivos nipones tuviera que ser reemplazada por uno de los topos originales, que ahora iba entrando y saliendo del agujero rodeado de muñecos con corbata. ¿Cuántos muñecos tendrían que reemplazarse por los topos originales si en una atracción de feria española se hiciera lo mismo pero, en vez de con cabezas de ejecutivos, con figuras de rumanos y marroquíes?
No me cabe duda de que si estos inventos acaban llegando a este país los feriantes pueden hacerse de oro. Imagínense el resultado de customizar un puching-ball con la cara de un etarra y llevarlo de feria en feria por toda la meseta castellana para que los lugareños puedan sentirse protagonistas de un interrogatorio policial. O en una caseta de tiro al blanco en las fiestas de Hernani, cambiar los piolines o bartsimpsons que sujetan los palillos por nucas con tricornios de peluche.
Tomen nota, amigos feriantes, tienen un filón en sus manos si se deciden a hacerlo y les regalo la idea, porque no tengo planes de llevarla a cabo por el momento. Eso sí, tengan en cuenta que si llegan a un pueblo con uno de estos juguetes de fabricación nacional se montará un escándalo similar al montado por culpa de las atracciones americanas. Y es que los medios parecen preocuparse más por los derechos de un muñeco que por los de un humano.
Escuchando: Jabier Muguruza - Azkenean














