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Lecciones de reciclaje

Martes, 30 de Septiembre de 2008

Vivir en una gran urbe china debe de ser similar a hacerlo en el tubo de escape de un automóvil. No sólo por las estrecheces físicas, sino sobre todo por la cantidad de gases poco saludables que tus pulmones deben de filtrar a diario. Los chinos tienen fama de guarros y de contaminar en exceso (absténganse de denunciarme por lo anterior, estimados súbditos de la República Popular, no soy más que un pobre ignorante que hace caso de los tópicos) y no fueron pocos los problemas que tuvieron cuando en los pasados Juegos Olímpicos muchos atletas se negaron a entrenar con tanto monóxido de carbono flotando en el ambiente.

A pesar de lo dicho en el párrafo anterior, si por algo admiro a los chinos es por sus increíbles habilidades para el reciclaje. Es probable que este espíritu reciclante tenga su origen en la reencarnación taoísta. Cuando una gamba acaba entre los restos de tu plato al pedir el postre en el buffet de un restaurante chino, el crustáceo no es que muera, sino que fluye con el Tao y vuelve a parar a la bandeja desde la que pasará al plato de un posterior comensal, y luego al del siguiente hasta volverse uno con el Tao y conseguir la inmortalidad.

Pero no era de reciclajes alimenticios de lo que quería hablarles, sino de los del sector de la juguetería. El otro día, haciendo la compra en el Carrefour, me llamó la atención un muñeco en la cabecera del lineal de juguetes. Era el “Homersapien“, un robot con el aspecto del padre de los Simpson. Tenía prisa y unas croquetas descongelándose en el carrito (mientras no encuentre una Puri mañosa en la cocina, mis croquetas seguirán siendo Frudesa), así que no pude dedicarle al juguete la atención que requería.

Ya me había olvidado del Homer biónico pero hoy, hojeando el catálogo de las ofertas de esos hipermercados, he vuelto a ver al mostrenco y lo he comprendido todo. No sabía si el personaje de Matt Groening se había vuelto robot a raíz del argumento de un especial de Halloween de la serie, o si la nueva temporada de la serie iba a ser un híbrido con los Transformers, pero cuando he visto el catálogo del Carrefour he comprendido que todo se debía al reciclaje.

Homersapiens

Y es que, también de oferta y en la misma página, estaba el “Spidersapien“, que era tres cuartos de lo mismo pero disfrazado de Spiderman. El mismo cuerpo, los mismos movimientos y sonidos, pero pintado con otros colores y con otra cabeza.

Imaginen en su piso de Pekín al fabricante de “Spidersapiens“. Hace meses que la última de Spiderman dejó de estar en cartelera y los chavales ya no piden juguetes del hombre araña. ¿Qué solución encuentra? Darle una capa de pintura al material excedente, ponerle unas cabezas que sobraran de la fabricación de un juguete anterior y mandar un par de contenedores con muñecos al Carrefour. Y lo mejor de todo es que, tras el reciclado, el muñeco vale 20 euros más que el original. Negocio redondo para el empresario chino y para la cadena de hipermercados.

Pero hoy los chinos han sido tristemente noticia por otro motivo. La fábrica de tricornios con más solera de España se ha visto obligada a despedir a casi toda su plantilla debido a la fuerte competencia del país asiático. Mientras que un tricornio Made in Spain cuestra 38 euros, un agente de la Guardia Civil puede adquirir uno de fabricación china por tan sólo 4. Los agentes, que pese a lo que muchos puedan pensar no son tontos, prefieren gastarse el dinero en cosas más prácticas y a la hora de comprar tricornios bajan al “Todo a 0,60″ de la esquina. Y mientras, en los almacenes de la centenaria fábrica de tricornios española, miles de estos sombreros se mueren de asco cogiendo polvo.

Si la empresaria sevillana tuviera la visión comercial del chino de los muñecos, no se estaría quejando de sus desgracias ante la cámara de los informativos. Forraría los tricornios de charol rosa, los llevaría a tiendas para jóvenes góticas o a las boutiques más divinas de Chueca y, sin ninguna dificultad, podría vender todos los tricornios no a 38, sino a 100 euros. En España no hay crisis, aquí lo que hay es falta de ideas.

Escuchando: La Habitación Roja - Tened piedad del expresidente

Así empezó todo

Martes, 16 de Septiembre de 2008

Todo buen analista de conversaciones de ascensor sabe que tanto más especialista es el ciudadano de a pie en una materia cuanto más escucha hablar sobre ella en la televisión. Así pues no es de extrañar que plazas y mercados del país se llenen estos días de entendidos en economía y arte hablando de lo malnacidos que son los de Lehman Brothers por no haber sido capaces de prevenir la debacle, o de lo bien invertidos que están los 13 millones de euros que se han pagado en una subasta por “El becerro de oro” de Damien Hirst, que no es más que un ternero metido en una caja de oro llena de formol.

Cualquiera de nosotros, pasándonos el Suprematismo por el arco del triunfo, podría atreverse sin temor a la desaprobación de su entorno social a afirmar que un cuadro de Malevich es lo que popularmente se conoce como “eso que hace mi sobrina de cinco años en clase de manualidades”, pero pocos son los osados que levantan sus voces contra la mencionada obra de Hirst. Si han pagado tanto por el invento será porque lo valdrá, aunque sea sólo por el oro macizo de la estructura, que en momentos de necesidad puede llegar a fundirse para hacer con él anillos y colgantes.

Con la Sagrada Familia de Barcelona pasa algo similar. Todo el mundo sale de allí comentando lo fabulosa e impresionante que es la obra de Gaudí cuando la mayoría está pensando lo contrario pero no se atreve a, igual que se atrevió Belén Esteban a decir que el Coliseo estaba lleno de agujeros y ahí hacía falta aguaplast, quejarse de que eso está todo lleno de andamios y que es un timo cobrar entrada por visitar un algo que no está ni acabado. Nadie es lo suficientemente valiente como para decir en voz alta lo que piensa sobre el edificio.

No valiente, sino Valentón (que así se llamaba), era el toro que han matado esta mañana en Tordesillas a base de lanzadas. No voy a ser yo el que hable sobre lo mucho que nos queda por evolucionar ni el que diga cuán lejos estamos aún de países más civilizados, en los que en vez de clavar lanzas en un toro les ponen una corona de oro y los conservan de por vida en un tanque de formol. Y es que, como bien dicen los tordesillanos más castizos en respuesta a las críticas de los grupos ecologistas, no puede prohibirse el Toro de la Vega porque es tradición. Y la tradición es sagrada.

Lo que es innegable, por muy tradicional que algo sea, es que ha de tener un origen, un punto de partida en el tiempo y en el espacio. El origen de la Tomatina de Buñol, por ejemplo, se debe a que en unas fiestas patronales a un grupo de mozos, que seguramente no pasarían un control de alcoholemia, le dio por ponerse a tirar tomates. Lo que empezó como una gamberrada que muy posiblemente no haría ni puñetera gracia a las autoridades locales devino con el paso de los años en tradición y en un evento turístico que atrae cada año a decenas de miles de visitantes de todo el planeta.

Digan lo que digan los de la Concejalía de Turismo de Barcelona, Gaudí y el Modernismo ya están demodés. La Ciudad Condal necesita de nuevas tradiciones que atraigan masas de turistas como pasa en Sanfermines o en Fallas. En la Diada del año pasado fueron muy pocos los que se pusieron a quemar fotos del Rey, este año han sido algunos más y no me cabe duda de que el número de pirómanos republicanos aumentará el próximo año.

Que la Audiencia Nacional persiga estas nuevas manifestaciones de folclore popular me parece completamente inútil, igual que en su día debió de serlo que los policías municipales de Buñol obstaculizaran las primeras tomatinas. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva tradición. De aquí a unas décadas vendrán miles de australianos, alemanes, japoneses y uruguayos cada año a quemar fotos del rey Felipe o de la reina Leonor, a ponerse hasta el culo de alcohol y drogas baratas y a terminar la noche follando en la Barceloneta. El 11 de septiembre será una de las citas obligadas en el calendario de los parranderos de medio mundo y lo que empezó como una fiesta nacionalista terminará como un fiestón internacional.

Ya lo saben, amigos, el próximo año no se pierdan la cita y no se dejen el mechero en casa. Cuando sean viejos y vean el macroevento por televisión podrán contarles a sus nietos que ustedes ya iban a quemar fotos del Rey cuando la cosa aún no estaba tan masificada.

Escuchando: Inoren Ero Ni - Tanger

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